
Por Héctor Aredes
@hector.aredes

Durante años Vietnam fue para mí un territorio imaginado. Mucho antes de saber ubicar Hanoi en un mapa o de comprender la compleja historia de ese país del sudeste asiático, Vietnam tuvo para mí la voz de Robin Williams. La inolvidable película Buenos Días Vietnam, aquella que vi en mi adolescencia, dejó una huella inesperada: no sólo despertó mi curiosidad por un país que me parecía tan remoto como fascinante, sino también mi amor por la radio. Recuerdo haber pensado entonces que algún día me gustaría conocer aquel lugar que sonaba tan lejano como improbable.
Décadas después, una noche, aterricé finalmente en Hanoi.
A la mañana siguiente, todavía atravesado por el cansancio del viaje y la extraña sensación de estar en un lugar tantas veces imaginado, abrí la ventana del hotel y por un instante me pareció escuchar en mi cabeza aquella voz frenética e inolvidable de Robin Williams gritando: “¡Good Morning Vietnam!”. Sonreí. Ahí estaba yo, finalmente en Vietnam.
Y Hanoi decidió recibirme sin medias tintas.

La capital vietnamita es intensa, caótica y fascinante. Una ciudad que parece moverse a una velocidad imposible. Lo primero que me impactó fue el tránsito: miles y miles de motos avanzando como una marea humana imposible de descifrar. No exagero al decir que cruzar una calle en Hanoi se parece más a un acto de fe que a una simple acción cotidiana. Las motos aparecen desde todos los ángulos, esquivan autos, peatones, bicicletas y vendedores callejeros con una coreografía caótica que, sorprendentemente, parece funcionar.
Al principio me paralizaba. Después comprendí el secreto local: caminar lentamente, sin movimientos bruscos, y confiar en que el tránsito se adaptará a uno. Vietnam me estaba enseñando algo desde el primer día: el caos también puede tener su propia armonía.
Caminar por Hanoi es sumergirse en una ciudad vibrante donde la vida sucede literalmente en la calle. Mercados improvisados, vendedores ambulantes con sus tradicionales sombreros cónicos, puestos de frutas de colores intensos, pequeños templos escondidos entre edificios coloniales franceses y cafeterías diminutas que parecen suspendidas en el tiempo. Todo convive al mismo tiempo.

Pero si hubo un lugar donde sentí que Hanoi era exactamente ese país que había imaginado durante años, fue en la célebre Train Street.
Pocas escenas de viaje me resultaron tan impactantes. Allí, cafeterías, restaurantes y pequeñas casas viven literalmente pegadas a las vías del tren. Mesitas bajas, faroles de colores, turistas expectantes y vecinos que siguen con absoluta normalidad su rutina diaria mientras esperan el paso del convoy.

Recuerdo sentarme allí a comer una sopa pho, probablemente el plato más emblemático de Vietnam: un caldo fragante y aromático, profundo en sabor, con fideos de arroz, hierbas frescas y carne cocida lentamente. Comerla al borde de las vías tenía algo de irreal. En un instante, el tren apareció avanzando a escasos centímetros. Los mozos retiraron mesas, la gente se pegó contra las paredes y por unos segundos todo pareció detenido en el tiempo. Cuando pasó, la vida volvió a acomodarse como si nada hubiese ocurrido.
Vietnam también comenzó a revelarse para mí a través de sus sabores.
Comí muchísimo en la calle, porque entender Vietnam también es sentarse en esas pequeñas banquetas de plástico diminutas sobre las veredas y dejarse sorprender. Probé spring rolls frescos, delicados y llenos de hierbas aromáticas; bun cha, ese plato delicioso de carne grillada acompañado por noodles y vegetales frescos; el inolvidable banh mi, herencia inesperada de la colonización francesa convertida en uno de los mejores sándwiches del mundo; arroz preparado de maneras infinitas y mariscos fresquísimos.
Y luego está el café vietnamita.
Vietnam tiene una cultura cafetera extraordinaria. Fuerte, intenso y preparado lentamente con un pequeño filtro metálico, suele servirse con leche condensada. Pero la gran sorpresa fue descubrir el famoso café con huevo, una especialidad local que al principio me resultó improbable. La mezcla cremosa de yema batida y café oscuro genera una textura casi de postre. Contra todos mis prejuicios iniciales, terminé fascinándome.

Después del vértigo de Hanoi partí hacia Ninh Binh, antigua capital de Vietnam durante el siglo X y uno de los paisajes más impresionantes del país.
Apenas llegué entendí por qué muchos la llaman la “Ha Long terrestre”. Montañas kársticas emergiendo entre arrozales infinitos, ríos tranquilos y un paisaje que parecía diseñado para una película épica.

Uno de los momentos más memorables fue el ascenso a la montaña de Ngoa Long, desde donde el paisaje se vuelve sencillamente extraordinario. Desde arriba observé ríos serpenteantes atravesando arrozales y montañas cubiertas de vegetación que parecían no tener fin.
El paseo en bote por Tam Coc fue otra experiencia inolvidable. Navegar lentamente entre formaciones rocosas y atravesar cuevas mientras el silencio domina el paisaje tiene algo profundamente hipnótico. Todo parecía suspendido en el tiempo.

Pero Ninh Binh todavía me guardaba otra sorpresa inesperada.
Visité un inmenso campo de flores de loto y confieso que fue uno de los momentos más contemplativos del viaje. Caminaba por pasarelas de madera sobre un lago cubierto de flores rosadas mientras el tiempo parecía desacelerarse. Después del caos fascinante de Hanoi, aquel paisaje transmitía serenidad.

Entendí entonces algo importante sobre Vietnam: la profunda devoción que sienten por la flor de loto. No es casualidad que sea uno de sus grandes símbolos nacionales. El loto representa pureza, resiliencia y renacimiento, porque crece en aguas turbias, pero florece intacto. Pensé inevitablemente que no existía mejor metáfora para un país que había atravesado guerras devastadoras y heridas históricas profundas, pero que hoy transmite vitalidad, optimismo y deseo de futuro.
El atardecer en la pagoda de Bich Dong, rodeada de vegetación selvática y escondida entre montañas, terminó de sellar la sensación de estar dentro de un escenario cinematográfico.

Sin embargo, nada me preparó para lo que vendría después: la Bahía de Ha Long.
Hay lugares cuya belleza desafía cualquier intento de descripción, y Ha Long definitivamente es uno de ellos.
Declarada una de las grandes maravillas naturales del planeta, la bahía parece salida de otro mundo: miles de islotes de piedra caliza emergiendo misteriosamente del mar verde esmeralda.
Pasar la noche en un barco allí fue, sin dudas, una de las experiencias de viaje más inolvidables de mi vida.
Al caer la tarde, navegábamos lentamente entre islotes mientras el cielo comenzaba a teñirse de rojo. El atardecer sobre Ha Long tenía algo casi irreal. El agua parecía absorber los colores del cielo y el tiempo adquiría otro ritmo.

Por la noche, los barcos quedaron detenidos en medio de la bahía. Luces tenues suspendidas sobre el agua, un silencio inesperado y una atmósfera casi irreal hacían parecer que aquellas embarcaciones flotaban en el aire. Recuerdo haber permanecido largos minutos simplemente mirando, en silencio, intentando guardar aquella escena en la memoria con la extraña intuición de que estaba viviendo uno de esos instantes que un viajero no olvida jamás.
Dormir allí, rodeado por aquella quietud, fue una experiencia difícil de explicar.
Pero quizá el momento más mágico llegó al amanecer.
Una suave niebla cubría los islotes y el paisaje parecía pertenecer a otro planeta. Todo estaba envuelto en un silencio reverencial. Recuerdo mirar alrededor y pensar que ciertos viajes tienen instantes que quedan grabados para siempre en la memoria. Ha Long fue, para mí, uno de esos lugares.

El regreso por carretera hacia Hanoi me regaló otra de las imágenes más memorables del norte vietnamita: los inmensos arrozales del Delta del Río Rojo, uno de los territorios agrícolas más fértiles del país.
Miraba por la ventanilla hipnotizado por aquella sucesión infinita de campos verdes y pequeños pueblos rurales cuando el guía explicó el origen de un nombre tan poético como literal. El llamado Río Rojo debe su color a los sedimentos rojizos provenientes de las montañas del sur de China, ricos en hierro y limo, que tiñen sus aguas y fertilizan la región desde hace siglos. Comprendí entonces que buena parte de la vida vietnamita nace justamente allí, entre arrozales y ríos que moldearon la identidad del país.
De regreso en Hanoi decidí reencontrarme con la historia.
Visité el solemne Mausoleo de Ho Chi Minh, donde descansa embalsamado el líder revolucionario considerado el padre de la Vietnam moderna. La atmósfera es austera y profundamente ceremonial. A pocos pasos se encuentra la delicada Pagoda de un Solo Pilar, una estructura budista pequeña y elegante construida originalmente en el siglo XI, cuya arquitectura parece flotar sobre un estanque.
También recorrí el Templo de la Literatura, considerado la primera universidad de Vietnam, un lugar de patios silenciosos, jardines y antiguos pabellones donde aún se percibe el peso de siglos de tradición confuciana y académica.

Y fue precisamente allí, entre templos, monumentos y calles vibrantes, donde comencé a sentir algo inevitable: la presencia silenciosa de la Guerra de Vietnam.
Para quienes crecimos viendo películas, documentales y leyendo sobre aquel conflicto, Vietnam estuvo durante décadas asociado a imágenes de destrucción, helicópteros y heridas abiertas. La guerra marcó profundamente la identidad del país y dejó cicatrices humanas inmensas. Entre 1955 y 1975, Vietnam fue escenario de uno de los conflictos más traumáticos del siglo XX, enfrentando al norte comunista liderado por Ho Chi Minh y al sur respaldado por Estados Unidos, en una guerra que transformó para siempre la geopolítica mundial.
Pero recorrer Vietnam hoy produce una sensación inesperada: lejos del resentimiento, uno encuentra un país extraordinariamente vital.
Vietnam parece haber elegido mirar hacia adelante. Hay juventud, energía, desarrollo y una hospitalidad conmovedora. Resulta imposible no admirar la capacidad de resiliencia de un pueblo que atravesó décadas de conflicto y logró reinventarse sin perder su identidad cultural.

Mi siguiente destino fue Hue, la antigua ciudad imperial vietnamita.
La llegada tuvo una banda sonora inesperada: una lluvia persistente y melancólica que parecía envolverlo todo. Y, curiosamente, esa atmósfera le sentaba perfectamente a la ciudad.
Hue tiene algo solemne. Antigua capital imperial de la dinastía Nguyen, conserva una elegancia pausada, muy distinta al vértigo de Hanoi. La lluvia caía sobre murallas antiguas, jardines y calles silenciosas, dándole al paisaje un aire casi nostálgico.

Pero si hubo una ciudad capaz de deslumbrarme profundamente, esa fue Hoi An.
Pocas veces una ciudad me produjo una sensación tan inmediata de fascinación.
Hoi An parece detenida en el tiempo. Antigua ciudad portuaria y uno de los grandes centros comerciales del sudeste asiático entre los siglos XV y XIX, fue durante años un punto estratégico donde convivieron comerciantes vietnamitas, chinos, japoneses y europeos. Esa mezcla cultural sigue viva en su arquitectura.
Caminar por Hoi An es recorrer un museo a cielo abierto.
Las antiguas casas de comerciantes perfectamente conservadas, los templos chinos, las fachadas ocres y los pequeños patios interiores narran silenciosamente el pasado de una ciudad que alguna vez fue sinónimo de prosperidad.
Visité el famoso Puente Japonés, construido en el siglo XVII para conectar barrios de distintas comunidades comerciales, y también antiguos templos chinos donde aún sobreviven rituales, incienso y símbolos ancestrales.
Sin embargo, la historia de Hoi An también tiene algo de melancolía.
Su época de esplendor comenzó a apagarse cuando el estuario del río Thu Bon empezó lentamente a sedimentarse, dificultando el ingreso de grandes embarcaciones comerciales. El puerto perdió relevancia económica y otras ciudades comenzaron a ocupar su lugar. Paradójicamente, fue justamente ese declive lo que terminó preservando su extraordinaria arquitectura histórica.
Pero Hoi An revela su verdadera magia cuando cae la noche.
Y pocas escenas de viaje me resultaron tan bellas como aquella.
Miles de faroles iluminan las calles y se reflejan sobre el río creando una atmósfera casi irreal. Rojos, amarillos y anaranjados convierten a la ciudad en un escenario de película.

Recuerdo especialmente el paseo en barco por el río al anochecer. Navegar lentamente mientras la ciudad iluminada parecía reflejarse infinitamente en el agua fue uno de esos momentos en los que uno simplemente se queda en silencio, observando.
Había algo profundamente romántico y sereno en aquella escena.
Fue también en Hoi An donde confirmé algo que ya venía sintiendo desde Hanoi: Vietnam se vive intensamente a través de sus calles. Restaurantes abiertos, cocinas improvisadas, pequeños puestos humeantes y mesas diminutas ocupando las veredas forman parte de la experiencia cotidiana. Comer allí deja de ser una simple necesidad para convertirse en una forma de comprender el país. Y entre cervezas y vietnamitas y tekilas compartidos con mis amigos mexicanos este viaje por Vetnam empezaba tocar su fin.

Mi último destino antes de partir hacia Camboya fue Da Nang.
El contraste fue inmediato.
Después de templos antiguos, ciudades imperiales y calles detenidas en el tiempo, Da Nang apareció moderna, dinámica y casi futurista. Grandes avenidas, edificios contemporáneos y una energía urbana distinta parecían anunciar un Vietnam que mira decididamente hacia adelante.
Mi paso allí fue breve, casi una despedida.
Y quizá por eso tuvo algo inevitablemente melancólico.
Mientras me acercaba al aeropuerto pensaba en aquel adolescente que alguna vez vio “Buenos Días Vietnam” imaginando un país remoto y casi inalcanzable. Pensaba también en Robin Williams, en aquella voz frenética de radio y en cómo, sin saberlo, había sembrado décadas atrás una curiosidad que terminaría convirtiéndose en viaje.
Vietnam finalmente había dejado de ser una película.
Era ahora un recuerdo lleno de motos imposibles, sopas compartidas al borde de unas vías ferroviarias, arrozales infinitos, flores de loto, niebla entre islotes, faroles encendidos sobre el agua y una hospitalidad difícil de olvidar.
Al partir, entendí que Vietnam permanecerá en mi alma para siempre. Nuevos viajes, nuevas culturas, nuevas experiencias me esperaban, porque siempre, siempre hay más historias por escubrir.

TÍPS MAGNOLIA | VIETNAM
Pequeñas recomendaciones para vivir mejor el viaje
Qué no perderse en Hanoi
Dedicar tiempo a caminar sin rumbo por el casco antiguo. Hanoi se comprende mejor a pie, perdiéndose entre mercados, motos, cafeterías escondidas y pequeños templos urbanos. Y sí: animarse a vivir la experiencia de Train Street, uno de los rincones más singulares del país.
Cruzar una calle en Vietnam
Puede parecer imposible al principio. El secreto local: caminar despacio, sin movimientos bruscos y mantener el ritmo. Las motos suelen esquivar al peatón. Sorprendentemente, funciona.
Comer en la calle: imprescindible
Vietnam se descubre también desde sus veredas. Sentarse en las clásicas banquetas diminutas y probar cocina callejera es parte esencial de la experiencia.
Platos que vale la pena probar
Pho: la sopa nacional vietnamita, ideal para desayunos o cenas.
Bun Cha: carne grillada con noodles y vegetales frescos.
Banh Mi: el sándwich vietnamita de influencia francesa.
Spring Rolls frescos: livianos, aromáticos y deliciosos.
Mariscos frescos: especialmente recomendables en zonas costeras.
El café vietnamita: una experiencia en sí misma
Vietnam tiene una extraordinaria cultura cafetera. Probar el clásico café vietnamita filtrado y, sobre todo, animarse al famoso café con huevo, una inesperada especialidad local con textura cremosa y sabor sorprendente.
Ninh Binh: dedicarle tiempo
No hacer sólo una excursión rápida. Vale la pena quedarse para disfrutar Tam Coc, subir a Ngoa Long y recorrer las pagodas entre arrozales. Si coincide la temporada, visitar los campos de flores de loto es una experiencia inolvidable.
Una noche en Ha Long Bay: vale cada minuto
Dormir en un barco permite ver la bahía al atardecer y al amanecer, dos momentos completamente distintos y mágicos.
Hoi An: quedarse hasta la noche
La ciudad cambia completamente cuando se encienden los faroles. El paseo en barco nocturno por el río Thu Bon es una de las postales más memorables de Vietnam.
Qué comprar en Vietnam
Sedas, artesanías, faroles de Hoi An, cerámicas, café vietnamita y productos textiles tradicionales suelen ser excelentes recuerdos de viaje. Hacerse un traje o un vestido de gala en menos de 24 hs en Hoi An es otra loca experiencia que se disfruta, y los precios son muy accesibles.
La mejor actitud para recorrer Vietnam
Ir sin apuro. Vietnam es un país para observar, sentarse, probar sabores nuevos, conversar y dejarse sorprender. Parte de su encanto está justamente en lo inesperado.






0 comentarios