MÚNICH: ENTRE CERVEZAS, CAMPANAS Y SILENCIOS

FEBRERO

23/02/2026

Por Héctor Aredes

@hector.aredes

 

 

Donde la ciudad empieza a latir

Llegar a Marienplatz fue, sin exagerar, uno de esos momentos en los que el viaje cobra sentido. Apenas salí del metro y puse un pie en la plaza, sentí que Múnich me daba la bienvenida con una mezcla perfecta de historia, orden y vida cotidiana. Caminé despacio, casi en silencio interior dejándome envolver por la amplitud del espacio, por el murmullo constante de turistas y locales.

La arquitectura es precisa, elegante, profundamente europea. Todo parece estar en su lugar desde hace siglos, y sin embargo nada resulta rígido. Entendí enseguida por qué Marienplatz es considerada una de las plazas más bellas de Europa: no solo por lo que se ve, sino por lo que se siente al caminarla. Sentí emoción. Esa que aparece cuando uno entiende que está parado en un lugar donde el tiempo no para, porque se siente muy viva y, al mismo tiempo, cargada de memoria.

Una torre que miró al cielo para sobrevivir

El gran protagonista es el Nuevo Ayuntamiento (Neues Rathaus), una obra maestra del neogótico que parece salida de un cuento. Domina la escena, imponente y minucioso. Me acerqué a observar su fachada infinita, llena de arcos, esculturas y relieves. Sus torres, agujas y esculturas detalladas se recortan contra el cielo bávaro con una precisión casi obsesiva. Pensar que este edificio se salvó de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial parece un milagro: mientras gran parte de la ciudad quedó devastada, el Ayuntamiento resistió, porque su torre servía como referencia para los aviones de los aliados que descargaban sus bombas sobre la ciudad. Esto verdaderamente provoca una mezcla de asombro y contradicción. Aquello que guiaba el cielo en tiempos de guerra permitió conservar uno de los símbolos más fuertes de la ciudad.

 

 

El instante en que el tiempo se pone en movimiento

A la hora exacta, Marienplatz se detiene. El Carrillón de la torre del reloj comienza su ritual y las figuras cobran vida. Por unos minutos, el tiempo parece retroceder.

Las figuras comienzan a moverse y el espectáculo narra escenas de la historia bávara: bodas ducales, torneos medievales y danzas tradicionales que celebran el fin de una peste. Es un ritual cotidiano que, lejos de volverse rutinario, sigue despertando asombro.

 

 

Piedra, agua y promesas antiguas

En el centro de la plaza se alza la Columna de María (Mariensäule), erigida en el siglo XVII como agradecimiento por la protección de la ciudad durante la Guerra de los Treinta Años. A su alrededor, la Fuente de los Pescadores (Fischbrunnen) suma un toque pintoresco. Antiguamente, los pescaderos lavaban allí su mercancía y celebraban tradiciones gremiales. Hoy, sigue siendo un punto de encuentro maravilloso donde se tejen historias y se escuchan idiomas de todas partes del mundo.

 

 

 

Sombras, fe y una huella imposible          

A pocos pasos, aparece la Catedral de Nuestra Señora de Múnich (Frauenkirche), con sus inconfundibles torres de cúpulas verdes. Su belleza es sobria, casi austera, pero profundamente impactante. Sus torres verdes dibujan el perfil de Múnich desde lejos.

En su interior, la famosa “huella del diablo” en uno de los mosaicos de los pisos de la entrada, despierta misterio. La leyenda cuenta que el diablo, engañado por el arquitecto, creyó que la iglesia no tenía ventanas y, al descubrir el engaño, dejó allí su pisada. Me quedé mirándola, pensando en cómo Europa convive con la fe, el mito y la arquitectura.

 

 

 

 

Brindar también es recordar

El viaje también se vive con el paladar, y en Múnich eso tiene nombre propio: Hofbräuhaus, la cervecería mas famosa del mundo. Entrar a esta cervecería histórica es sumergirse en un torbellino de música tradicional, largas mesas compartidas y jarras de cerveza que parecen no tener fondo. Probé su clásica cerveza, heredera de una tradición que se remonta al siglo XVI, acompañada de platos contundentes y sabrosos. Entre brindis y canciones, es imposible no recordar que este lugar también fue lugar de paso de Adolf Hitler en los años previos al nazismo. Esa dualidad —celebración y oscuridad— atraviesa buena parte de la historia de Múnich.

 

 

 

El gesto silencioso de no obedecer

Esa reflexión me acompañó al llegar a la elegante Odeonsplatz. Hoy es una plaza luminosa, de arquitectura majestuosa, flanqueada por la Feldherrnhalle y edificios de estilo italiano. Pero su pasado pesa: fue escenario de actos del régimen nazi.

Muy cerca se encuentra el llamado “callejón de los desobedientes”, un pequeño pasaje que debe su nombre a los ciudadanos que se negaban a realizar el saludo nazi al pasar frente a los monumentos oficiales. Al pasar por ese callejón evitaban pasar por esos lugares y hacer el saludo obligatorio. Algunos de esos desobedientes terminaron en campos de concentración, donde murieron. Un gesto silencioso, pero profundamente valiente. Caminar por ese callejón es honrar esa memoria sin grandilocuencia, dejando que el espacio hable y conmueva por sí solo.

El silencio que duele

La visita al campo de concentración de Dachau fue, sin dudas, el momento más conmovedor y difícil de mi paso por Múnich. No es un lugar que se “visita” en el sentido habitual de la palabra. Se soporta. Se respira con dificultad.

Apenas crucé el portón, sentí cómo el cuerpo reaccionaba antes que el pensamiento. Se me cortó la respiración. El aire parecía más denso, más pesado. Caminé despacio, casi con culpa, por ese espacio donde ocurrieron algunas de las peores atrocidades del siglo XX. Dachau fue el primer campo de concentración nazi y el modelo para muchos otros.

Los barracones, las torres de vigilancia, las alambradas, los hornos. Todo permanece. No para impactar desde lo espectacular, sino desde lo real. Desde lo que no necesita exageración. El silencio es lo más ensordecedor. Un silencio que grita nombres, ausencias, historias truncas.

Me detuve varias veces. Necesité hacerlo. La emoción era física, un nudo en la garganta, una presión en el pecho. Pensé en las víctimas, en el dolor, en el miedo, en la deshumanización sistemática. Pensé también en la importancia de que este lugar exista, de que no se borre, de que siga incomodando.

Salir de Dachau no fue un alivio inmediato. Me llevé el impacto conmigo. Pero entendí algo esencial: recordar también es una forma de justicia. Y Múnich, al preservar este sitio y hacerlo parte de su memoria colectiva, vuelve a demostrar que no elige el olvido. Dachau se recorre con respeto y uno sale distinto.

 

 

 

Múnich, cuna de la Oktoberfest: cuando una boda se volvió leyenda

En Múnich se brinda, y mucho. La cerveza como corresponde, se sirve en todas partes, y en esa cultura del encuentro, de la mesa larga y la jarra compartida, nació una de las fiestas más famosas del planeta. Aquí, en esta ciudad bávara de tradiciones profundas, vio la luz la Oktoberfest, la celebración de la cerveza más grande del mundo.

Su origen se remonta a 1810 y, curiosamente, no tuvo nada que ver con el turismo ni con la industria cervecera, sino con el amor. Para celebrar la boda del príncipe heredero Luis de Baviera —futuro rey Luis I— con la princesa Teresa de Sajonia-Hildburghausen, se organizó una gran fiesta popular a las afueras de la ciudad. Hubo carreras de caballos, música, comida y cerveza para todo el pueblo. El lugar donde se realizó el festejo fue bautizado en honor a la novia: Theresienwiese, “la pradera de Teresa”, nombre que aún conserva y que los muniqueses llaman simplemente Wiesn.

La celebración fue tan exitosa que decidió repetirse al año siguiente… y al siguiente… hasta convertirse, con el paso de los siglos, en una tradición ininterrumpida que hoy atrae a millones de visitantes de todo el mundo.

 

 

 

 

Para Alemania, la Oktoberfest es mucho más que cerveza. Es identidad, orgullo regional y memoria colectiva. Es la reafirmación de las tradiciones bávaras: las bandas de música, los brindis interminables, los sabores intensos y la idea de que la mesa es un espacio de encuentro. Para el mundo, en cambio, se transformó en un símbolo global de celebración, un idioma universal donde no importa de dónde vengas: siempre hay lugar para levantar una jarra y decir Prost.

Y es nuestra Villa General Belgrano, en Córdoba, Argentina, uno de los lugares del mundo en los que mejor se ha sabido replicar ese espíritu de celebración, y así, todos los años se lleva a cabo aquí esta fiesta que no para de crecer, y que después de la Munich, y la de Blumenau (Brasil), es la tercera mas importante del mundo.

El mundo servido en un mercado

Mi despedida de Múnich fue en el vibrante Viktualienmarkt, el mercado más querido por locales y viajeros. Allí me dejé tentar por salchichas blancas recién hechas, quesos intensos, panes crujientes, encurtidos, mostazas artesanales y platos calientes que reconfortan el alma. Todo acompañado por una increíble variedad de cervezas alemanas, cada una con su carácter y su historia. Comer allí fue celebrar la gastronomía como parte esencial de la cultura.

Me fui de Múnich con una sensación profunda: la de haber conocido una ciudad que no oculta su pasado, que lo asume, lo explica y lo transforma en aprendizaje. Una ciudad bella, que despierta todos los sentidos, que preserva su historia y sus tradiciones, pero que es también de una modernidad palpitante. MI tren partió puntual de la Estación Central para seguir recorriendo la Baviera. Nuevos destinos me esperaban, porque siempre, siempre hay mas historias por descubrir.

 

 

 

Múnich en clave viajera: Qué ver, qué sentir y qué no perderse

Imperdibles de Múnich

  • Marienplatz: el corazón histórico de la ciudad. Ideal para observar la vida local, la arquitectura y asistir al espectáculo del Carrillón a horario puntual.

 

  • Nuevo Ayuntamiento (Neues Rathaus): Su fachada neogótica es una obra de arte en sí misma. Sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial porque su torre servía de referencia para los aviones aliados.

 

  • Carrillón (Glockenspiel): Figuras mecánicas que narran escenas históricas bávaras. Un ritual cotidiano que conecta pasado y presente.

 

  • Columna de María y Fuente de los Pescadores: Símbolos de protección y tradición popular. Punto de encuentro y memoria viva de la ciudad.

 

  • Catedral de Nuestra Señora (Frauenkirche): Ícono de Múnich. No perderse la leyenda de la “huella del diablo” en su interior.

 

  • Hofbräuhaus: La cervecería más famosa de Alemania. Música en vivo, cerveza histórica y un lugar clave para entender la identidad bávara… y sus contradicciones.

 

  • Odeonsplatz: Una de las plazas más bellas de la ciudad. Elegante, monumental y cargada de historia.

 

  • Callejón de los desobedientes: Un pequeño gesto urbano de gran significado: el recuerdo de quienes se negaron a saludar al régimen nazi.

 

  • Viktualienmarkt: El mercado más auténtico de Múnich. Ideal para probar la gastronomía local y distintas variedades de cerveza alemana.

 

 

Datos útiles para el viajero

  • Mejor momento para visitar: primavera y verano, cuando la ciudad se vive al aire libre y los mercados están en su esplendor.
  • Cómo moverse: transporte público eficiente y fácil de usar; el centro histórico se recorre perfectamente a pie.
  • Qué probar: salchichas blancas (Weißwurst), pretzels, mostazas artesanales, quesos locales y cervezas bávaras. Los helados son buenísimos.
  • Clima cultural: tradición, orden y memoria histórica conviven con una ciudad joven y vibrante.
  • Tiempo ideal de estadía: entre 2 y 3 días para una primera experiencia completa.

 

Tip Magnolia

  • Detenete en Marienplatz unos minutos antes de que suene el Carrillón. Mirá las fachadas, escuchá los idiomas que se mezclan, observá cómo los locales atraviesan la plaza sin prisa.
  • Entrá a una cervecería tradicional y sentate en una mesa compartida, aunque no conozcas a nadie. En Múnich, la cerveza también es conversación, música y pertenencia.
  • Caminá sin apuro desde Odeonsplatz hasta Marienplatz. Ese trayecto condensa la elegancia, las heridas y la belleza de la ciudad.

ESCRITO POR Magnolia

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